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por Patricia Kamisato

Docente en el curso Inteligencia Emocional del Diplomado en Formación de Jefes y Supervisores​

¿Cuántas veces te han dicho: “Piensa con la cabeza” cuando estás nervioso, preocupado o asustado? En realidad, lo que te han querido decir es: “No sientas, sé más racional.”

Según los últimos estudios de Neurociencia, es biológicamente imposible pensar o tomar decisiones sin sentir emociones. Algo muy distinto, en cambio, es no estar en la capacidad de reconocerlas. El neurólogo Antonio Damasio, en su libro “El error de Descartes”, cuenta el caso de Elliot, un excelente trabajador, un esposo y padre modelo, quien después de que le extirparan un tumor cerebral, comenzó a mostrar un comportamiento realmente extraño: necesitaba examinar continuamente detalles en su vida diaria que hasta entonces no tenían importancia alguna para él. Por ejemplo, si iba ir a comer a la calle, antes de salir, analizaba minuciosamente las cartas de los restaurantes y, una vez en ellos, podía tardar muchos minutos en elegir una mesa en función de la iluminación, la distancia a la entrada, etc.

El Dr. Damasio notó que su inteligencia era normal y que la operación en su cerebro no había alterado su capacidad cognitiva ni su cociente intelectual. Seguía siendo un tipo listo, pero tras su paso por el quirófano se había provocado un cambio drástico en él: Elliot era incapaz de sentir alguna emoción, ni siquiera ante lo que estaba sucediendo con su vida.

Las emociones son parte integral de nuestras acciones y decisiones

Muchas veces la frase: «Tienes que controlarte” se convierte en sinónimo de “No sientas”. No obstante, un buen manejo emocional comienza por entender que los sentimientos y las acciones son cosas separadas. Por ejemplo, no porque te molestes, necesariamente debes pelear con tu pareja; o si te asustas, debes decir “sí” a algo que después te traerá problemas.

Como la mayoría de nosotros no hemos sido educados para ver a nuestras emociones como aliados, la energía de los sentimientos se convierte directamente en acción: actuamos guiados por el miedo, la codicia o la rabia, porque no nos han enseñado a mirarlas solo como información que se manifiesta inicialmente en el cuerpo. Las emociones siempre están presentes, y son como lentes que colorean nuestras percepciones.

Como dice la psicóloga Susan David, en su libro “Agilidad Emocional”, refiriéndose a personas que actúan así: “Más de una vez me he encontrado con esas personas que, años después, se encuentran en el mismo trabajo, relación o circunstancia miserable. Se han concentrado tanto en “tirar para adelante”, en hacer, hacer, para no sentir y ser un buen tonto útil que no han estado en contacto con una emoción real en años, lo que les impide cualquier tipo de cambio o crecimiento real”.

Muchas veces te habrás encontrado tratando de “olvidarte” de emociones como el aburrimiento, el estrés, la ira y la ansiedad, distrayéndote con un trabajo u ocupándote (revisando obsesivamente el correo electrónico, haciendo largas listas de tareas, etc.). La gente mira compulsivamente su teléfono celular, por la misma razón: escaparse del aburrimiento o del estrés de lo que sucede en ese instante.

Ya sea que niegues o huyas de las emociones molestas, éstas se vuelven cada vez más fuertes y destructivas. Por eso, presta atención a lo que sientes, aprende a reconocer específicamente lo que sientes, poniéndole un nombre. No es lo mismo el “temor” que el “pavor”. Ambas son emociones derivadas del “miedo”, pero varían en intensidad. Si piensas que “algo” no te gustará, es muy distinto a pensar que aborrecerás ese “algo”.

El miedo, por ejemplo, permite estar atentos frente a posibles peligros. Eso lo sabían muy bien nuestros antepasados que vivían en cavernas y que estaban expuestos a un sinfín de peligros, que iban desde doblarse un pie en un hueco -algo terrible para quienes tenían que cazar a sus presas- o correr al ser atacados por un animal salvaje. Eran dos grados distintos de miedo.

Préstate atención cuando estés frente a una situación que interpretas como desagradable, ponle un nombre, asegúrate de que es el correcto. Nota la diferencia, por ejemplo, entre estar “intranquilo”, “inseguro”, “asustado” o “paralizado”. Además, cuando te sea posible, DATE UN TIEMPO, antes de actuar, recuerda que “sentir” y “hacer” son cosas distintas.

Como dice Susan David: “El objetivo no es sentirse siempre bien. El objetivo es lidiar con pensamientos y emociones destructivas para que no te enganchen (es decir, identificarte con tus emociones, y quedarte atrapado en ellas), obstaculizando tu progreso, tus relaciones y tu carrera o negocios”.

Después de nombrar y aceptar una emoción, tómate un segundo para imaginarte parado fuera de tu cuerpo mirándote a ti mismo y a tu emoción. Observa cómo sube y baja tu emoción y decide objetivamente si la emoción es útil o no.

Adquiere el hábito de preguntarte: «Si reacciono a esta emoción, ¿actuaré de acuerdo con mis valores?». Tus valores son lo que te importa: tu familia, tu trabajo, tus amigos, y de qué manera lo que hagas o dejes de hacer los afectará. Cada emoción incómoda será un recordatorio para vivir con un propósito.

Tú puedes cambiar tu vida, pero para ello tienes que tener un propósito, y “darte cuenta”, frase muy poderosa que te acerca o te aleja de lo que es realmente importante para ti.

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